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La tercera vía argumental

a mayor parte de los argumentos son previsibles, sabes de antemano lo que va a suceder, entre otras razones porque el propio autor se prepara el campo: “ve a buscarlo por allí, que yo buscaré por esta parte”, dice el personaje para facilitarle al asesino la muerte de uno de ellos.

Ante esta tradición, que pudo tener sentido en la novela del siglo XIX porque eran otros sus intereses, determinados autores optan por lo imprevisible y elaboran argumentos destinados a sorprendernos a cada momento. El resultado es una sucesión de fuegos de artificio tan inverosímiles que la narración queda sepultada bajo su propia construcción.

Cuando me enfrenté a la escritura de Allí donde el silencio me propuse buscar un cauce alternativo a las dos soluciones anteriores: que el lector no se espere el desenlace de ciertos acontecimientos, pero que una vez que se produzcan y reflexione sobre ellos comprenda que no podía ser de otro modo, que todo apuntaba, aunque no se manifestase explícitamente, a que iban a desembocar en ese hecho.

El complejo de Peter Pan

l Don Bruno de la novela representa la perversión del mito creado por Barry. Su negativa a crecer se manifiesta específicamente en el ámbito del deseo. En ese sentido, en el de huida de la vejez, transita por esos oscuros derroteros de la sociedad patriarcal donde los hombres, como dueños del poder económico, reemplazan sus mujeres por otras más jóvenes, más fértiles, más deseables.

Peter Pan, ese personaje atrapado en una eterna juventud, se lleva a Wendy al País de Nunca Jamás, como luego se llevará a la hija de esta, Jane, y más tarde a su nieta, Margaret. Don Bruno, embriagado por el poder de la violencia que le otorga su tiempo y su circunstancia, someterá sexualmente a Ángela, y más tarde a su hija, y más tarde aún a su nieta.

Bien es cierto que la ambición que lo ciega juega en el bando contrario al de su inteligencia. Ha logrado salir indemne de Córdoba y de Málaga, pero en Las Cumbres hallará su propia tumba, y no a causa de la vejez o del hijo de una de sus víctimas, sino de la que lleva, por partida doble, su propia sangre.

Don Bruno podría haberse llevado también su secreto a la tumba, y ahí está el quid de la cuestión. Si la tercera generación de esa estirpe de mujeres violentadas acabó con su vida, será la cuarta, engendrada en el deseo del narrador de conocer su identidad, la que desvele por azar la pieza que faltaba en el rompecabezas de su biografía. La cuadratura del círculo se ha cerrado.

El difícil oficio del narrador

egresamos al punto uno. Tan lamentable es el papel del protagonista arrastrado por las inexorables garras del destino como el del superhombre que causa admiración allá por donde pasa. ¿Y qué decir de ese narrador que hace y deshace a su antojo, del que se luce aireando lo que piensa cada personaje, o del tramposo que oculta cuanto sea preciso para alimentar el mal llamado factor sorpresa?

Mi narrador oculta su nombre, ¿cuál es el motivo? No lo sé, tal vez quiera despejar desde el comienzo cualquier veleidad de héroe. No es un indigente, pero como tiene serios problemas económicos se ve obligado a aceptar un trabajo venenoso. Tampoco es un canalla, y sin embargo sus actos demuestran a veces una ruindad manifiesta. Aspira a ejercer de historiador aunque, como muy bien le dice Carmen a la cara, carece de trayectoria en el campo de la investigación. Y no obstante lo es, malgré tout.

Se deja el pellejo tratando de descubrir las claves fundamentales, aun cuando lo haga por mera intuición. Pero no logra desentrañar el enigma. Cierra la investigación con el amargo sabor de la derrota y, no obstante, dejará sin saberlo una herencia que lo consiga.

Obsesiones

llí donde el silencio gira en torno a las obsesiones. De hecho el narrador vive un permanente conflicto entre dos obsesiones antagónicas: la de saber qué sucedió y la de amar a Carmen. Eugenio es un obsesivo a causa de su trastorno bipolar y de haber heredado la obsesión de Alicia por cumplir a toda costa lo que ella consideraba un deber.

Tomás ejerce la obsesión del celoso con los tics del político prepotente, y Velasco la del sádico. La obsesión de Benito Ibáñez no es otra que la de poder construirse su propia vida, y la de Elfriede encontrar a su hijo, quien a su vez convierte la búsqueda del verdugo de su padre en una obsesión suicida. La de Paco el carnicero se reduce a contar cuanto sabe antes de morir, la del conde de Casa Tomares a ajustar cuentas con el hombre que se hizo con sus bienes, y la de Jacinto acabaría siendo la de sobrevivir. El uruguayo se obsesiona por interpretar las claves del tiempo. En cuanto a Don Bruno, se ve obligado a reemplazar su obsesión de satisfacer sus ansias de poseer por otra mucho más pragmática: la de ir borrando con sangre cualquier trazo de su identidad.

Basada en hechos reales

l carácter histórico de Allí donde el silencio no se traduce únicamente en situar unos hechos en un contexto realista perteneciente al pasado. Es verdad que lo respeta, y en ese sentido fui tan obsesivo que incluso llegué a consultar qué tiempo hacía en una determinada localidad en un determinado día de un año lejano.

Pero la historicidad de la novela va mucho más allá, pues pretende reclamar la atención del lector, y de la sociedad por extensión, sobre la infamia de quienes no se conformaron con ejercer la brutalidad para lograr un fin político, y no precisamente en las trincheras, sino en la retaguardia, porque continuaron ejerciéndola para satisfacer su deseo de posesión de bienes y de personas.

Bruno Ibáñez fue un individuo de carne y hueso. Tuve que posponer su fecha de nacimiento doce años por exigencias del guion. Por lo demás, su delirante abuso de poder, el régimen de terror dentro del terror instaurado en Córdoba por Ciriaco Cascajo y Luis Zurdo, y que él llevó hasta extremos inconcebibles, es rigurosamente cierto. De su proclividad al chantaje, al latrocinio, a la coacción, a la violación, al exterminio genocida en suma, dieron testimonio cuando fue posible miles de cordobeses. Y miles fueron las familias que perdieron a uno o varios de sus miembros porque él, con las listas que le llegaban a diario desde los casinos de la ciudad, los mandó ejecutar. La mía fue una de esas familias.

Igualmente veraz fue la violación de Ángela Moreno mediante el encarcelamiento de su padre. El asunto corrió de boca en boca en Córdoba durante varias décadas. De hecho fue mi madre, cuando consideró que yo tenía edad para saberlo, quien me lo contó. Posteriormente Rafael Balsera lo citó varias veces en nuestras conversaciones, e incluso contempló el proyecto de dedicar una de sus obras dramáticas a esta joven desgraciada.

Es ficticio el traslado de Don Bruno, acompañado de Ángela, a Málaga en 1941, aunque es cierta la apertura de una instrucción por un juez militar de Sevilla en esa fecha para conocer el destino de las suscripciones públicas abiertas por él en Córdoba cuatro años antes, instrucción que se cerró sin responsabilidades, claro está. La verdadera muerte de Bruno Ibáñez aconteció treinta años antes que en la novela, pero merecería haber tenido al menos la muerte que tiene en ella.

En cuanto a lo acaecido en la Málaga de la posguerra, puedo decir que está basado también en hechos reales y convenientemente documentados por Encarnación Barranquero.

2004

a memoria histórica tiene una deuda pendiente con aquel año fatídico, concretamente con aquellos cuatro días que van del 11 al 14 de marzo. La figura estelar de José María Aznar brilla en el universo de los gobernantes insensatos, obsesionado por hacer de su país una gran potencia, pero es una estrella con la visión nublada por sus propias fantasías: sepultar el territorio de su país bajo edificios fantasmales, ejercer el papel de bufón de aquel bufón supremo llamado George W. Bush, jugar a una guerra que nadie quiere y sin sopesar los riesgos que comporta; silenciar, en suma, sus errores mediante mecanismos propios de una dictadura con los cancerberos Acebes y Urdacy.

A Carmen y al narrador les toca representar, en el reducido marco de una habitación de hotel, poco menos que a dentelladas, el esperpento de las dos Españas que se estaba desarrollando en aquellos instantes. Y casi acaban siendo devorados por tanta podredumbre.

El Caudillo y sus conspiradores

or qué se extiende el relato del narrador en este asunto? Una respuesta sencilla pasaría por comprender que escarba agónicamente en los basureros de nuestra historia, buscando la aguja perdida; su carrera de historiador deja mucho que desear, y pretende recuperar el tiempo perdido. Otra razón de peso es la de contribuir a derribar la imagen plana de Franco como la de un dictador omnipotente, un tirano que solo tenía enemigos entre los perdedores de la contienda.

Porque nada hay más lejos de la realidad. Franco fue un hábil administrador de la violencia más extrema, y una vez que logró deshacerse de sus competidores facciosos, a veces por medios turbios, se perpetuó acallando de forma sibilina las voces discordantes con suculentos beneficios, más suculentos si observamos al fondo la miseria del país. Y si el alboroto subía demasiado de tono solía recurrir a la demora, dejando que se pudriese solo, con esa proverbial flema tan explotada hoy día por otro gallego de nombre Mariano.

La trastienda del franquismo en sus primeros diez años se me antoja una pelea multitudinaria de gallos en las cloacas del Régimen. Por eso dejé que el narrador hurgase a sus anchas entre tanta pestilencia. Y por eso, solo por eso, hice que el misterio de la novela orbitara en torno a las puñaladas que se daban en la oscuridad aquellos próceres arrogantes mientras entonaban el prietas las filas. Claro que para conocer los detalles hay que cumplir con el canon del thriller, y aguardar hasta el final para encontrar la respuesta.

El lenguaje nunca miente

iente el hablante en su mensaje, todos lo hacemos a diario. Pero el lenguaje es un proceso tan complejo que sus rasgos fonológicos, morfológicos, sintácticos, semánticos y funcionales escapan por lo general a la conciencia del emisor, que acaba dejándolo todo perdido de huellas sonoras.

Bruno Ibáñez, obsesionado por borrar las de su pasado, no alcanza a comprender que tiene la batalla perdida en este territorio. Cuando sus restos reposen bajo la tierra, bastará una palabra de su nieta para abrir la caja de Pandora que alberga un escenario espantoso. Ya lo dijo el uruguayo: el lenguaje nunca miente. Ni siquiera el suyo.

Un organismo vivo

llí donde el silencio discurre alrededor de tres periodos temporales: 1936-1947, 1975-1978, 2003-2009. Arranca en el tercero, y la interpretación del segundo conduce al primero. Sin embargo, el relato se desplaza continuamente de uno a otro según los personajes en los que se centre la acción o tomen la palabra.

La similitud con un puzle no sería la más acertada, porque la narración crece a menudo en direcciones diversas para ir desvelando los entresijos del núcleo del misterio. En realidad se asemeja más a una madriguera, una compleja red de túneles excavados en el tiempo que comunican zonas tenebrosas cuyo origen se encuentra en un acto de maldad primigenio.

En ese sentido, una novela de estas características posee un funcionamiento similar al de un organismo vivo, dotado por tanto de órganos diseñados para funciones específicas y conectados entre sí.

Territorio del relato

arcelona y Sevilla, las ciudades de Carmen y del narrador, forman parte importante de su paisaje, pero también el Madrid golpeado aquel 11 de marzo de 2004, donde cada uno de ellos escenifica el brutal enfrentamiento de un país.

Su primer y extravagante encuentro se da en Luxor, punto de partida de la novela sensu stricto, y el segundo y no menos extravagante, en Cádiz. Sanlúcar de Barrameda se suma a la extravagancia, y no sabría decir si a causa del desencuentro o del encuentro posterior.

En Málaga asoma por partida triple el cabo del hilo de Ariadna que conduce al narrador-Teseo hasta la salida del laberinto. Esa puerta es Córdoba, cuando la ciudad se está viendo sometida al horror y a la muerte.

Alicia viaja a Palencia y a Teruel persiguiendo su propia aniquilación. Wilfried pasa por Asís antes de comenzar a labrarse la suya en Zaragoza. Su padre, en cambio, encuentra en Lübeck la mano que le devuelve a la vida, y el narrador mantendrá la última conversación con Eugenio desde Nueva York. Después ya no será posible.

El escenario del drama original se sitúa, sin embargo, en un territorio mítico, y por ello mismo evité que se pudiera identificar. La capital de la provincia, donde vive Eugenio, es innombrable –¿no será Eugenio, en el fondo, un personaje fantástico dentro de la ficción?–. No existe como tal Las Cumbres de San Calixto, el lugar donde se desencadena el conflicto, ni tampoco Azulejos, la capital de la comarca.

La frontera entre lo real y lo ficticio: el territorio de la imaginación.


Caperucita Roja

Mi fascinación por este cuento se remonta a la lectura que hice, cuando aún no habría cumplido veinte años, del Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bettelheim. Revisé entonces las versiones de Perrault y de los Grimm, fantaseando con la idea de reinterpretar una fábula plagada de zonas oscuras.

Como idea fuerza acabó entrecruzándose con otras que plasmé en el primer guion, insertada en un espacio imaginado durante mi adolescencia, en un expreso nocturno a Madrid mientras atravesaba Despeñaperros, y alimentada convenientemente con grandes dosis del Wish You Were Here de Pink Floyd.

Finalmente encontré el significado que pretendía darle al mito de Caperucita: la inocencia que representa su figura, rebautizada como Carmencita, frente a la maldad que la envuelve. Esta maldad explicaba a su vez la injustificable situación de la abuela en el cuento. ¿Qué motivo obligaba a una anciana a vivir sola en medio del bosque, asistida únicamente por la nieta?

El pintor Wolfgang (sin relación alguna con Mozart) es textualmente el lobo que se acerca, y aunque parece ejercer dicho papel en el atestado, en el fondo no es más que otra víctima desesperada de la verdadera manada de lobos, esos siniestros cazadores-sicarios encarnados en los gemelos. Su fechoría deberá ocultarse tras las sotanas de su propio hermano a instancias del monstruo que los engendró, un cobarde impostor que solo emplea el lenguaje de la violencia.